La princesa de las mariposas

La princesa de las mariposas

Según la leyenda, la “Princesa de las Mariposas” vivía en la torre de un castillo cerca del mar. Aunque todos la conocían por ese sobrenombre… en realidad su padre, un rey de un poderoso país de oriente, había elegido para ella un nombre de origen griego: “Sofía” porque significa sabiduría. El rey se había propuesto educarla desde el mismo día de su nacimiento para que, cuando tuviera que gobernar su país, se convirtiese en la reina más sabia sobre la faz de la tierra.

En la torre, la princesa Sofía tenía su dormitorio y un saloncito desde cuyas ventanas se podía ver el mar. Hasta allí subía todas las noches con uno de los profesores árabes para estudiar Astronomía mirando las estrellas por un catalejo.

La torre de la princesa se comunicaba con la biblioteca por el ala norte del castillo.

La biblioteca era el edificio más impresionante del recinto. Estaba llena hasta los topes de libros sobre todos  los  temas, escritos en casi todos los idiomas. Era un edificio majestuoso.

El rey había buscado a los profesores para la princesa Sofía entre los hombres más cultos, y aquellos sabios se ocuparon de que aprendiese artes y ciencias. De cada asignatura se le asignó un maestro; las dependencias para el servicio fueron creciendo… y, con ellas, el palacio.

La princesa iba, día tras día, aprendiendo cosas cada vez más complicadas.

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Cuando quiso estudiar Botánica el rey pidió que, pegado al muro del lado este, se construyesen invernaderos y mandó llenarlos de plantas de lugares exóticos que ella cuidaba y de las que aprendía en un primer momento de Botánica y luego de Ciencias Naturales (porque añadió una gran colección de insectos vivos a su invernadero). Su primer descubrimiento fue comprobar que los horribles gusanos que le traía su profesor se convertían en etéreas y brillantes mariposas de todos los colores. Enamorada de esos frágiles insectos mandó construir unos preciosos recintos de cristal a los que sólo ella tenía acceso y que sólo se abrían para sus súbditos una vez al año.

El primer día de primavera todo su pueblo estaba invitado a una fiesta que duraba hasta la noche en la que se liberaban esos insectos para convertir los jardines de palacio en una explosión de viento de colores. Desde esa primera fiesta todos conocían a la princesa Sofía como la “Princesa de las Mariposas”.

Siempre dispuesta a aprender contrató también un profesor de  Farmacia y Química y el rey mandó instalar una granja, que terminó ampliándose con una reserva, en la que convivían cientos de animales salvajes que la joven hacía traer por barco de países remotos.

El área de los terrenos reservados para la princesa crecía sin parar y, como era necesario encontrar quien entendiese de tantos animales diferentes, su padre contrató un mozo exclusivamente dedicado a esa tarea: Sebastián, que había venido de un lejano país, era el responsable de cuidar las jirafas, los monos, los pájaros exóticos, los murciélagos de la cueva artificial y los acristalados espacios de las mariposas.

La princesa pasaba sus días leyendo y aprendiendo y terminó por no salir del ala norte del palacio. Se  hacía servir la comida en los jardines que ella misma había creado frente a su dormitorio y pasaba la tarde en la biblioteca hasta la hora de dormir.

El rey empezó a preocuparse seriamente por aquella obsesión de su hija y, atendiendo a los consejos de su chambelán, decidió hablar con ella. Le comunicó que sus  asesores aconsejaban que se casase.

La princesa no pareció enfadarse y, aparentemente, no concedió mucha atención a la decisión de los consejeros de su padre. Sólo impuso una condición: “No se casaría con un hombre inferior a ella”. El que desease ser su marido debería demostrar que era al menos tan culto como ella.

A pesar de saber que esa condición limitaba mucho  los posibles candidatos, el rey dictó una proclama anunciando la decisión de su hija: “La princesa Sofía se casaría con  aquel hombre, pobre o rico, que consiguiese igualarla en conocimiento” y se dispuso en palacio una sala de baile cercana al comedor principal. El rey confiaba en que, de entre todos los jóvenes que asistirían a sus fiestas, alguno conseguiría enamorar a su hija Sofía y ella se olvidaría de esa condición que le parecía solamente un capricho. Se encontraba viejo y cansado, y quería ver a su hija enamorada antes de morir.

Pero los deseos del rey no se vieron cumplidos. Durante las fiestas, Sofía sólo pensaba en que bailando perdía el tiempo y en volver a su tranquila biblioteca.

Una tarde, mientras se escabullía en dirección a los invernaderos bordeando la muralla del castillo, un joven se acercó a la princesa. Era Sebastián.

Ella, como hacía siempre que un hombre se le acercaba, se dirigió a él en alemán y le preguntó en este idioma su nombre.

-         Sebastián – contestó él.

-         ¿Hablas alemán? – preguntó la princesa en inglés.

-         No.

-         Entonces… ¿lo entiendes? – le preguntó de nuevo la princesa en francés.

-         No – negó el muchacho con la cabeza – pero deduzco lo que vais a preguntarme. Es lógico que subestiméis a cualquiera que se os acerque. Sólo me figuro lo que vais a preguntarme ¡y os contesto lo que me parece!

Nunca nadie se había atrevido a hablarle en ese tono, y la Princesa de las Mariposas se interesó:

-         ¿Y qué te hace pensar que sabes lo que te voy a preguntar? – replicó ofendida en correcto japonés.

-         Todo vuestro saber de nada os sirve… si no lo podéis aplicar ni compartir - contestó el muchacho  sonriente al verla sonrojarse.

-         A mí me gusta aprender – contestó ella ofendida – ¡y me fastidia perder mi tiempo con necios como tú!

Terminó su frase en chino, se dio la vuelta, se fue a su cuarto, y no volvió a bajar a las fiestas de palacio.

Para no tener aquella sensación de pérdida de tiempo, la princesa le encargó a su preceptor más querido que sólo la avisase si aparecía en aquellas fiestas algún pretendiente que tuviera nivel suficiente como para conocerla. Pero no hace falta decir que el pobre hombre no encontró ninguno.

El rey enfermó y no consiguió ver su deseo cumplido.

El día que murió, la tristeza invadió todo el castillo y la princesa Sofía se hundió en la pena como si el dolor fuese agua. No volvió a sonreír. Se pasaba los días estudiando libros de magia y encantamientos. Intentaba encontrar la manera de devolverle la vida al rey.En el ala norte, los libros de Medicina estaban siempre fuera de sus estanterías y la joven princesa ni comía, ni dormía. Hojeaba sin descanso, a la luz del sol o de las velas, libros y más libros.

Cuando ya llevaba un mes en esa locura, llamaron a la puerta de su torre.

Su criado subió seguido de Sebastián; cosa que sólo consiguió irritar aún más a la princesa. Enfurecida, empezó a gritar en mil idiomas mientras amenazaba al chico con el puño.

-         Princesa,  sólo  he  venido  a  ayudaros  -  se  acercó  Sebastián con intención de calmarla  – Ese retrato que lleváis en el cuello… es de vuestro padre, ¿verdad? – preguntó señalando el camafeo con la imagen del rey que la joven llevaba sobre el pecho.

-         No te atrevas a tocarlo – le contestó ella esta vez en su idioma – o te mandaré matar. Es lo único que tengo para no olvidar nunca el rostro del rey.

-         Veréis, princesa, yo creo saber cómo solucionar vuestra tristeza - dijo el joven arrancándole el colgante de un solo golpe.

-         Devuélvemelo, malvado, inútil, ¡ladrón! – y añadió un montón de insultos más en otros idiomas mientras intentaba forzarle a devolvérselo.

Pero Sebastián pasaba el camafeo de mano en mano y lo escondió sin que ella se diese cuenta.

El joven, sin inmutarse y sin gritar, sin perder los nervios en ningún momento, contestaba que no podía dárselo, que no podía devolvérselo, porque no lo tenía. Juraba y perjuraba que había desaparecido.

-         Dámelo – gritaba fuera de sí la princesa Sofía – Devuélvemelo. Lo tienes tú, lo tienes tú. No sé dónde… pero sé que lo tienes. ¡Lo tienes tú!

Cuando Sebastián la vio rendida, en silencio ya, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, se acercó nuevamente a ella.

-         En  el  conocimiento,  en  la  explicación  científica,  no  están todas las respuestas – le dijo –  Algunas respuestas hay que buscarlas dentro de uno. Vuestros ojos no pueden ver el retrato, pero estáis segura de que lo tengo. Eso mismo pasa con vuestro padre: vos no sabéis dónde  está… pero está. Vuestros ojos no pueden verle, ni la ciencia de la Medicina o la Química os lo van a devolver, pero vuestro corazón sabe que está con vos y que siempre estará con vos. He venido a intentar ayudaros, no a entristeceros más – dijo devolviéndole el colgante - Los gusanos se convierten en mariposas; cambian completamente… pero los dos sabemos que son el mismo animal.

Cuentan que la princesa lloró toda la noche y todo el día siguiente sin parar; y que la noche del segundo día hizo llamar a Sebastián y le pidió que se quedase un rato a su lado.

Cuentan que los dos jóvenes se hicieron amigos y que, con el paso del tiempo, se enamoraron.

Cuentan que él la llevó de viaje por todos esos países lejanos que ella sólo había visto en los libros y que dedicaban horas enteras a estudiar idiomas nuevos. A Sebastián le encantaba divertir a la princesa y siempre trataba de hacerla reír con su mala pronunciación.

Cuentan los libros antiguos… que el reinado de la reina Sofía fue el mejor que tuvo nunca aquel país.

Aún se conservan la biblioteca, los jardines, los invernaderos y los recintos para las mariposas… porque, siguiendo la tradición, el primer día de primavera todavía se abren sus puertas de cristal para dejarlas volar.

Como lectura asociada, encontraremos en “Moraleja para adultos” una reflexión sobre inteligencia emocional, relacionada con este cuento Pincha aquí

En “Reflexionamos juntos” unas preguntas, relativas al texto, para ayudar a los niños a profundizar en él según su propia experiencia Pincha aquí


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